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EL HOMBRE, UNA IDEA DIVINA
Por Néstor Martínez
En un reciente escrito, el Sr. Xavier Sáez-Llorens ha arremetido contra el concepto de "Dios". Según él, desde el surgimiento de los primeros primates sin rabo y sin pelambre, hasta que podemos tener testimonios escritos, no existió el concepto de "Dios". En realidad, decimos nosotros, el mismo concepto de "evolución" ha tenido que esperar unos cuantos siglos más que el concepto de "Dios" para ver la luz en el cerebro humano.
Por otra parte, si lo único en se diferenciaban esos primeros primates de sus ancestros era en no tener rabo ni pelo, no se ve porqué habría que esperar que tuviesen el concepto de Dios, ni que fuesen humanos, en general.
Es claro también que no podemos esperar encontrar registros escritos de la fe en Dios que sean anteriores a la invención de la escritura. Seguramente las expresiones orales de la primer creencia en Dios se han perdido para siempre. Pero parece razonable aceptar que el hombre ha pensado primero las cosas que luego, cuando ha podido, ha puesto por escrito. No se conservan escritos, por lo que sabemos, del Neandertal, pero sí se conservan las tumbas en que enterraban a sus muertos con evidente idea de la vida del más allá.
Somos informados en ese texto, de que el Universo "brotó" hace unos 15 mil millones de años. No se informa cuál fue el suelo nutricio de ese brote, pero la lógica parece indicar que fue la nada, que es lo único que puede haber, o mejor, no haber, antes del "Universo" en una perspectiva atea como la del corresponsal.
Ahora bien, decimos nosotros, no hace falta esperar a descubrimientos especiales de la ciencia para comprender con evidencia que "de la nada, nada sale". Si algo es claro, en este tema, es que algo ha de haber existido siempre, y que no es posible que "el todo" haya comenzado a existir.
Luego se intenta explicar el origen de la idea de "Dios" a partir de la incapacidad de explicar los fenómenos naturales. Es evidente que los fenómenos naturales han de tener una causa, hasta aquí no estaban tan descaminados nuestros ancestros.
Y si del orden del mundo deducían que ha de haber una Inteligencia ordenadora, su "incapacidad de explicar" sin ella la Naturaleza era semejante a la incapacidad de explicar la existencia de libros sin postular la existencia de escritores.
De todos modos, la única forma de concebir las catástrofes naturales como "un castigo superior" (sic) es si ya se posee previamente la idea de Dios.
De ahí se pasa a explicar la religión como un medio de opresión política. No bastando la fuerza, se ha querido sojuzgar a los hombres con el temor a los dioses. Debemos observar que para que eso funcionase es necesario que ya existiese la idea de Dios o de los dioses en la mente de los hombres. De nada serviría decirle a un pueblo que si no obedece al rey, "x" lo va a castigar.
En el texto se presenta negativamente la costumbre que algunos pueblos tenían de ofrecer sacrificios humanos a los dioses, y se critica también a la evangelización europea por impedir que los indígenas americanos ofrecieran sacrificios humanos a sus dioses. Es evidente que el corresponsal es difícil de contentar.
Al parecer, porque no es claro, se afirma en ese texto que el politeísmo favorecía el individualismo, y que para poder gobernar a las comunidades, se fueron fusionando los dioses hasta llegar al monoteísmo. Uno no se explica entonces cómo fue gobernada la Grecia clásica, la de Solón y Pericles, inmersa en el más craso politeísmo.
Sobre la expansión del monoteísmo, además, el autor parece tener ideas demasiado coloreadas por el caso musulmán. No puede decirse que la expansión del monoteísmo cristiano en el politeísta Imperio Romano se haya realizado mediante "el sometimiento de pueblos colonizados", ni que la muerte fuese "el precio de enfrentarlo".
En realidad, los que estaban sometidos políticamente por el Imperio pagano eran los cristianos, y la muerte era el precio de difundir el cristianismo, no de enfrentarlo u oponérsele. En ese sentido, hay un matiz bastante importante que diferencia al mártir cristiano que muere por su fe sin agredir a nadie, y el fanático islámico que muere matando por su fe. Ambos casos se dan actualmente, además.
Finalmente aparece la acusación de que la religión ha satanizado el sexo. En realidad, la energía sexual es algo muy poderoso y bastante difícil de manejar correctamente, como atestigua la experiencia inmemorial de la humanidad. Buena parte de la literatura trágica se ha alimentado de las catástrofes producidas por el vehemente impulso sexual.
Todas las filosofías y éticas de la historia han buscado la forma de impedir que la sexualidad descontrolada destruyese la vida de los hombres, y no parece justo endilgarle a la religión la exclusiva de algo que, por otra parte, no se ve que sea decididamente malo o erróneo.
Y por último, reaparece bajo la pluma del corresponsal el clásico argumento de Epicuro: "O Dios no quiere impedir el mal, y no es Bueno, o no puede hacerlo, y no es Omnipotente".
La respuesta teísta es igualmente clásica: "Dios puede impedir el mal, porque es Omnipotente, no quiere hacerlo, pero no porque quiera el mal, sino porque solamente quiere permitirlo. Y quiere permitirlo, por razones que son necesariamente buenas, porque son de Dios, aunque muchas veces nosotros no las podamos conocer. Luego, nada impide afirmar que Dios es Bueno."
El autor es miembro activo de Veritas Prima