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DEBILIDADES HUMANAS.
Más pecados, menos delitos
Xavier Sáez-Llorens
Si fuera creyente, ya estaría chamuscado. El Vaticano no tenía suficiente con adjudicar un pecado congénito y siete pecados capitales a todos sus seguidores. A partir de ahora, se agregan más infracciones morales. La medida parece responder a la preocupante reducción en la cantidad de fieles que asisten a la confesión. Para salvarse, habrá que revelar todas las "inmoralidades" al sacerdote de turno. Como B–16 reivindicó la existencia física del infierno, lugar que JP2 había convertido en metáfora, me temo que el horno mefistofélico se quedará diminuto, cual hacinada cárcel panameña, para albergar a todos los que pecan y no buscan el perdón en la confidencia.
Los pecados tradicionales incluían gula, envidia, avaricia, ira, soberbia, pereza y lujuria. Si se hace un honesto examen de conciencia, resulta difícil encontrar a un ser humano que no haya incurrido, en mayor o menor medida, en algunos o todos estos deslices. Si se tiene dinero, ¿cómo resistirse a una tierna entraña, un jugoso centollo, un bacalao a la vizcaína, un sazonado cochinillo o una crema catalana, acompañados de un exquisito vino tinto? Si la economía anda estrecha, ¿cómo no saborear un picante sancocho, unas crujientes carimañolas, un suculento concolón o un tierno mondongo, acompañados de cerveza o guarapo? En esos momentos, la gula se torna en una orgía de placeres existenciales. Seguramente, muchos han sentido envidia de personajes que gozan de prestigio, fama o fortuna obtenidos de manera legítima, de científicos galardonados con el premio Nobel, de humanistas que han dejado una impronta imperecedera en la vida de gente humilde o de excelsos deportistas que hacen ganar al equipo de las pasiones. Una cantidad, no despreciable, de terrícolas ha experimentado avaricia, ese afán desordenado por poseer o acumular riquezas, para poder disfrutar deleites vedados. ¿Quién no ha desarrollado ira contra individuos hipócritas, egoístas, charlatanes, corruptos o contra personas que nos han difamado o calumniado? Muchas personas exhiben soberbia cuando discuten con individuos ruidosos pero menos hábiles o cuando se enfrentan a petulantes que intentan apantallar al entorno. La pereza es harta común en el ser humano, aun en gente productiva. La vagabundería transitoria propicia, muchas veces, el surgimiento de mejores ideas e iniciativas. La lujuria es, sin duda, el pecado más cometido. Miente, por lo general, aquel hombre que, ante la proximidad de una mujer inteligente, aromática, de labios carnosos, con escote desafiante y caderas "aguitarradas", asegura no sucumbir a un repertorio de pensamientos y sensaciones que agitan neuronas, dilatan poros, aceleran latidos e hipertrofian apéndices. Ahora, en época de siliconas, el hombre es todavía más vulnerable a recrear su vista ante senos confeccionados a la medida del cliente y del mirón. Algunas mujeres, incluso portan crucifijos relucientes entre las artesanales montañas, como si pretendieran santificar las prótesis.
Existen otras trasgresiones históricas a la fe religiosa. Uno de los mandamientos, supuestamente inspirado por fuerzas divinas, castiga al hombre que desea a la mujer de su prójimo. Curiosamente, sin embargo, no comenta qué hacer cuando es la dama la que desea al caballero de su prójima, un acontecimiento de similar frecuencia, pero ejercido con mayor discreción por las astutas féminas. El divorcio tampoco es tolerado por las cúpulas cristianas. No obstante, más del 50% de los primeros matrimonios acaban en separación, aun entre creyentes activos. Es contraproducente, sin duda, continuar un matrimonio donde impera el maltrato físico o sicológico, el engaño o el desamor, porque sufren, además de los involucrados, los hijos de la pareja. Los "inmorales" métodos anticonceptivos son, afortunadamente, utilizados por numerosos feligreses; de no ser así, tendríamos extraordinarias tasas de niños no deseados, abortos, muertes maternas y bajísimos índices de profesionalismo femenino.
Analicemos, ahora, los pecados contemporáneos, gestados por el gabinete de Ratzinger. La experimentación genética con fines dudosos, el daño al medio ambiente, el narcotráfico, el consumo de drogas ilícitas, la acumulación excesiva de riquezas y otros males sociales que ofenden a un "Creador", hacedor de numerosos seres malévolos. Me sorprende que la pederastia no esté en la nueva lista. Supongo que por pecado científico se refiere, por ejemplo, a la investigación con células embrionarias, aunque estas se desechen después de años de congelación y sirvan para curar enfermedades miserables o mejorar la recepción de trasplantes orgánicos. ¿Enviarán también al infierno a los médicos y parejas que consiguen hijos mediante técnicas de fertilización artificial y no por amoríos conyugales? Me agrada saber que tanto la afectación ecológica como el tráfico de drogas han subido a la categoría de pecado. No nos llamemos a engaño. Estas actividades son delito y los involucrados deben ir a prisión. Si uno de estos delincuentes confiesa sus culpas y el cura calla el agravio, ¿No deberían ambos enfrentar la justicia? Castigar al consumidor de drogas me parece inhumano. El drogadicto es una persona enferma que requiere ayuda profesional porque ya vive su particular calvario en la Tierra. ¿Debe también sufrir el calor de las brasas después de morir? La exagerada fortuna personal merece un análisis más complejo. La nueva condena parece redundante porque ya estaba tipificada como avaricia. Por otro lado, los multimillonarios Gates y Buffet invierten la mayor parte de sus tesoros en obras sociales y sanitarias. Por ejemplo, la Fundación Bill y Melinda Gates ha contribuido muchísimo, más que cualquier gobierno o institución benéfica, en la erradicación del polio, en la prevención o tratamiento del sida y en las estrategias de vacunación para países pobres. No tengo ningún inconveniente en que un individuo obtenga ilimitados recursos, siempre y cuando éstos se adquieran de forma legal y sirvan también para fines filantrópicos. Este pecado habría que definirlo mejor porque una de las empresas más ricas del mundo es precisamente la Santa Sede. ¿Quién iba a creer que la fe serviría como un negocio extraordinariamente rentable?
La opción de la confesión me parece catastrófica porque sirve a los malhechores para arrepentirse y creer que ganan absolución celestial, liberándose así de la justicia terrenal. Solo basta observar la cantidad de políticos y empresarios que desfalcan las arcas estatales o salpican coimas para su provecho, pero acuden a misas o procesiones con gestos de inocencia y ternura facial. Los delitos empobrecen a la humanidad, los pecados enriquecen a la Iglesia.
El autor es médico